Visita a Libros Saint Exupéry

CARLOS BARBARITO
Visita a Libros Saint Exupéry

El 22 de octubre de 2016 fui invitado a hablar sobre poesía a la librería Saint-Exupéry, en Bella Vista, Buenos Aires. dentro del marco del taller literario dirigido por Valeria Pariso. A continuación reproduzco mis palabras que tenían como referente el tema del momento: la tensión en el poema.

Según el diccionario, tensión es el estado de un cuerpo estirado por la acción de fuerzas que lo solicitan. También: fuerza que impide separarse unas de otras a las partes de  un mismo cuerpo cuando se hallan en dicho estado. También: grado de energía eléctrica que se  manifiesta en un cuerpo; dícese alta tensión o baja tensión, según sea o no muy elevado su voltaje. También: presión de la sangre en los vasos del cuerpo humano. Y, por último, leo: Poét. TENSÓN. Voy un poco más abajo para averiguar que significa tensón: composición poética de los provenzales, que consiste en una controversia entre dos o más poetas sobre un tema determinado, por lo común de amores. Ahora bien, qué puedo –me pregunto- decir acerca de la tensión en un poema y cuál definición sería la adecuada para la ocasión. Imagino al poema como un cuerpo donde sus componentes se relacionan entre sí para adherirse unos con otros o para rechazarse, con lo que el cuerpo sufre transformaciones permanentes. Un poema, entonces, es un campo de batalla donde fuerzas diversas juegan su juego. De otro modo, un poema sería un objeto inerte, sin vida. Es la tensión, que se manifiesta por la acción de fuerzas que lo estiran sin que haya rotura: el conjunto, por más que sea lugar de complejas interacciones, permanece unido aunque la unión muchas veces parezca, o sea, precaria, en peligro de romperse. Es más, me parece que ese peligro es lo que realmente vale, lo que le otorga al poema su más alto valor.


Carlos Barbarito y Valeria Pariso.

¿Qué materiales hay en mis poemas? ¿De dónde los extraje? ¿Qué los une y qué los aleja unos de otros? Preguntas muy difíciles de responder porque soy el autor y el autor muchas veces poco y nada puede decir de lo que hace. La tan mentada creación no existe, porque no creamos –los dioses crean porque crear es elaborar o fabricar algo de la nada-, lo que hacemos –como dice André Breton es desvelar un poco lo vedado (con el riesgo de volver a velar tanto o más lo que estaba desvelado) y liberar energías potenciales de la naturaleza. Y concluye: Creo que esto, que se aplica lo mismo al descubrimiento de Neptuno que al de la penicilina, debe bastar para su ambición. Aquí, me parece, una pista más o menos viable, confiable para hablar, dentro de estrechos límites, de lo que hago desde hace tanto, en realidad desde siempre. Con Borges creo que aun los sueños son tan reales como lo que llamamos la realidad. Aizenberg me dijo alguna vez que todo es real, entonces: la imaginación no existe porque si algo somos los escritores y artistas es transductores: recibimos señales o información externa e interna y transformamos eso en un cuadro, un grabado, una música, un poema… Claro, teniendo en cuenta nuestro escaso o nulo conocimiento del funcionamiento del cerebro, con lo que podemos hablar de los juegos de la escena en un teatro cuya arquitectura nos es casi desconocida o del todo desconocida. Max Ernst lleva la cosa todavía más lejos, cuando sostiene que es testigo del nacimiento de sus obras. Sólo eso, un testigo.

Carlos Barbarito con los asistentes al taller.

Me parece que aquí hay una barrera contra la vanidad. Lo que sí permanece, y me parece que nos sostiene ante tanto silencio y adversidad, es el orgullo. Sin el orgullo –no la vanidad, repito- ¿qué sería de nosotros, no sólo de los poetas?

Puedo dar cuenta de ciertos materiales que conforman mis poemas: provienen de lo que vi, de lo que me acarició o hirió, de lo que soñé, de lo que toqué o ansié tocar sin éxito, de cuanto leí. ¿Por qué no todos sino algunos? Es, me parece, asunto relacionado con gustos, juicios y prejuicios. Huesos y caballos aparecieron en mis poemas primeros y se mantuvieron durante años, luego gradualmente desaparecieron; luego, surgieron nuevos componentes que duran o no. Lo que siento es que esos materiales no armonizan, no cuajan del todo, viven en un
estado de permanente dialéctica, se enjuician unos a otros, a veces algunos se fusionan, otras veces lejos de ello. Es como una sustancia en la que conviven tumultuosamente materiales que van y vienen por la superficie, descienden hasta el fondo y regresan. Así, este libro que les presento en mi visita: Falla en el instante puro.

Comenzaré por el principio. Parece obvio, pero ¿cuál es el principio? Elijo el título, por qué el libro, éste libro, se llama como se llama, mejor dicho: por qué decidí llamarlo así y no de otro modo. Uno de mis primeros libros se titula Éxodos y trenes. Ese título me sorprendió atravesando las vías cuando caminaba hacia mi casa en Pergamino. Yo, por entonces, luego de terminar la diaria remesa de sucesiones ab-intestato –yo fui empleado judicial durante trece años-, escribía poemas, en una máquina de escribir, una Remington. Cuando oí esa voz, interior que mi cabeza alocada situó de inmediato afuera, como si alguien o algo me lo dictara, de inmediato me dije claro, ese debe ser el título. Yo, por entonces, apenas si había publicado algún cuadernillo, algún desplegable, un librito artesanal en la colección que dirigía Alberto Luis Ponzo, un pequeño libro que había obtenido un premio local. Hablo de 1984, 1985. Ahora regreso a aquellos días del artista cachorro: aquel libro que fui reuniendo a lo largo de varios años, siempre en el juzgado y en aquella Remington, cita una vez a un tren y jamás habla de éxodos.

Luego, cada libro que publiqué –uno no escribí pensando en un libro, se decide a reunir poemas en un libro porque uno siente que debe ser así llegado un momento determinado y, sobre todo, porque ya no quiere seguir corrigiendo-, tiene los títulos que me llegaron a través de esa voz o porque cierto verso, a mi juicio, resume o sintetiza el espíritu del volumen. Tal, es título de este libro; el verso está extraído de un poema basado en una fotografía de María Gracia Subercaseux, una gran fotógrafa chilena, en una serie suya de propios desnudos, esta vez ante un espejo. Este libro está habitado por sombras, presencias de viejos amigos que ya no están. Allí, la dedicatoria a tres de ellos: Carlos Campagno, vecino de barrio en Pergamino, que tenía una maravillosa discoteca y donde fui, cada tarde, muy feliz, escuchando gracias a su Audinac a Jethro Tull, Gentle Giant, Focus, Miles Davis, Astor Piazzolla, tantos otros; Marcelo Marcolín y Pancho Tarrío, compañeros de aventuras de los veloces días de la prensa subterránea, en los setenta. Y, en páginas interiores, Inma Miguelsanz, con quien conversé a través del Atlántico tantas veces. No me olvido de Miguel Ocampo, pintor y sobrino de Victoria y Silvina, quien no llegó a leer el poema que le dedico. Sí, por estas cosas y otras varias, este libro está impregnado, lo siento así, de tristeza porque sus poemas fueron escritos a lo largo de varios años en los que las malas noticias abundaron. Telón de pena que no deja, afortunadamente, de ser atravesado por relámpagos, claro: fugaces pero nítidos, en los que la vida se manifiesta dichosa, esperanzadora.

Dice Elliot que la poesía es el género más impuro. No aclara, al menos
hasta donde leí de sus textos, en qué consiste esa impureza. No hay nada que sea puro, ni la santidad. El agua destilada, librada de impurezas, no sirve para ser bebida. Yo, en el título hablo de pureza, en el sentido de ciertos instantes luminosos, inolvidables –que sobre todo se dieron en mi niñez, por otra parte, lo dije muchas veces, bastante triste-, que fueron tan momentáneos como intensos.

En el poema citado antes ese instante puro se da en la contemplación –fijada por la fotografía- de la mujer desnuda ante el espejo. En el poema hablo, o creo que hablo de ello, con más o menos precisión, de que esa mujer, ya arrancada del marco, puesta en el mundo en lo que ya no existe lo fijo, lo clavado con clavos, es arrastrada por el viento, golpeada por la lluvia, despertada de golpe de su sueño. Ahora, ¿de dónde viene ese componente, lo puro, que no sólo está en ese poema? Pienso en el Levítico cuando se citan las bestias puras e impuras, la impureza de la mujer –que debe permanecer encerrada- en su menstruación, etc.

Mis ojos de niño, que leyeron esto por primera vez, deben haberse asombrado, seguro, ya no lo recuerdo. De allí, mis frecuentes referencias a los sacrificios (siempre de animales puros), el humo que debe ser agradable a la divinidad, etc.

Y de allí también –más allá de la fotografía- esto de lo puro. Un concepto ideal, como en la ciencia el de cuerpo oscuro, que absorbe toda la luz y toda la energía radiante que incide sobre él. Usando un género impuro, muy impuro, hablo de lo puro. Ideas, suposiciones, cosas que se me ocurren, ecos de viejas lecturas, ciertas obsesiones sin causas a la vista, escondidas, intentos de respuestas ante un mundo velado y vedado…


Carlos Barbarito es un poeta y crítico de artes plásticas argentino, nacido en Pergamino el 6 de febrero de 1955. Asegura no saber qué significa pertenecer al mundo de la literatura; dedica todo su tiempo a la escritura, pero no goza del mismo nivel de fama y reconocimiento público que sí disfrutan algunos de sus contemporáneos. Su especialidad son los poemas breves, y admira a quien sea capaz de escribir algo tan extenso como una novela, ya que cree que le resultaría extremadamente fatigoso y que de seguro se perdería a las pocas páginas. En una ocasión, declaró que nunca había escrito ni siquiera un relato corto; sin embargo una de sus obras, según el autor de género más o menos inclasificable, fue incluida recientemente en una antología de cuentos.
Hasta el momento, ha publicado casi veinte poemarios, entre los cuales se encuentran “Poesía quebrada”, “Caballos y otros poemas”, “El peso de los días” y “Figuras de ojo y sombras”. Algunos de ellos, así como un par de antologías, han sido lanzadas en formato digital. Son asimismo de su autoría los libros “Acerca de las vanguardias” y “Diálogos con Carlos Barbarito”, que tratan sobre su visión acerca de las artes plásticas.