En la sinrazón ninguna verdad sirve

 

JOSÉ REPISO MOYANO


En una sinrazón (maldad extendida) más o menos colectiva ninguna verdad ya sirve. Es duro, ¡pero es así!

Hace unos meses me dijo un amigo gay: “Respeto a todos los que son como yo, pero nosotros somos una aberración, una equivocación, es la naturaleza la equilibrada, y hay que aceptarlo eso”. También, una mayoría de pobres creen ya de antemano que ellos están en la pobreza porque no se han espabilado, claro, porque no han llegado a cierto nivel económico que les pedía esta sociedad competitiva y un seudosentimiento patriótico imperante.

Y, todas las mujeres de todo el mundo, siempre hasta ahora estaban convencidas de que ellas eran responsables y culpables de todo lo que les pasaba a sus maridos, de la fortaleza de la misma familia que formaban, de que no se rebelaran los hijos y de casi todos los pecados que podían generarse en la sociedad.

Así las mujeres, por medio de sus obediencias, debían garantizar las instituciones, la salud religiosa de cualquier educación o cultura, una felicidad aconsejable y, además, una política de hombres fuertes y preparados para salvar a un pueblo.

En ese pensamiento único instalado, nada de lo preestablecido se equivoca, ¡no!; ahí los reyes nunca se equivocan, ni los nobles, ni los alcaldes, ni los curas, ni los jueces, ni los ciervos, ni los guardias civiles, etc., pero sí precisamente quienes piden otra cosa: la libertad de decisión sin ser manipulada, la dignidad o la ética sin ser manipulada o instrumentalizada para seguimientos injustos o involutivos.

El caso es que unos y otros están a las órdenes de que, tal pensamiento único, derrote a todo lo demás; por eso actúan en unificación o en “borreguismo”, siempre, con un no cuestionar nada, con un “somos buenos así, ji, ji”(sobrepasando quizás lo bueno o la idiotez), con un severo amonestar o machacar a “lo diferente” o a eso que se sale un poquitín de la paranoica norma o de la estética dominante.

Pero con razón, en la vida, lo libre siempre primero debe estar libre de la mentira, de lo que se sostiene en sinrazón, claro, en falsa sabiduría o en ignorancia; lo libre, lo digno o lo inengañable en verdad siempre deben estar libres de un seguimiento estúpido, incuestionable por la fuerza o fanatizado, sí, ya sea de muchos o de pocos (ya algo que poco importa).

Y nadie, ¡nadie!, debe estar acomplejado, desanimado o desmotivado porque vea que una gran parte de la sociedad lo castiga o lo desacredita con tanto juego sucio; pues lo que debe bastarle es que él no se traicione a él mismo, ni a lo que es de verdad (sin falsedades) la ética o lo que es correcto.

En el fondo de todo, como base, lo importante no es el tener logros en la sociedad (eso que tantos presumen casi enloquecidamente), sino lo importante es solo la clase de logros que son; o sea, que en sus desarrollos nunca se han utilizado tóxicos o cerrazones de las que ya he señalado.

También, ¿cómo no?, lo esencial no es que tú cuentes con logros individuales o sociales sean los que fuesen, sino que jamás de los jamases tú te aproveches de tales logros para utilizarlos para una seudorrazón, para una seudoconvivencia, para una seudocomunicación, para una seudosabiduría (o para cualquier “seudo” o falsedad).

Eso así está muy claro, porque la maldad desgraciadamente siempre funciona con la falsa o incorrecta utilización de “unos logros individuales o sociales” para solo beneficio tuyo (o egocéntrico) o de unos establecidos errores sociales; de ahí que, en tanta malconsentida realidad, o en una sinrazón (maldad extendida) más o menos social, ninguna verdad ya sirve por dejadez ética de uno o de otro colectivo.


José Repiso Moyano