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ENRIQUE MOLINA

Vía Libre (*)
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Si identificamos la poesía y la vida, aquella planteará al hombre un compromiso esencial que desborda ampliamente el campo de lo literario para presentarse como una conducta fundamental. Una línea particualarmente viva del pensamiento contemporáneo, desde Rimbaud y Lautréamont hasta Breton, y el Surrealismo precisa constantemente este concepto y proyecta sobre el mismo una luz a la cual podemos confiar toda esperanza. Unicamente concebida como la fusión ardiente del sueño y de la acción, sosteniendo con una voluntad encarnizada una empresa de liberación total del espíritu, puede asumir la poesía la misión de "cambiar la vida". Sólo desde tal ángulo -que pierde por completo de vista las tentaciones de la comodidad- plantea en nuestros días a quienes se acercan a su fuente de relámpagos el dilema irreductible cuyos términos serían: o la aceptación de un orden mental cuyo sistema de valores conduce a una implacable represión de las fuerzas más puras de la imaginación y del deseo, o el rechazo de tales condiciones de la existencia, la recuperación de la vida en sus movimientos más espontáneos, arrancándola al pesado mecanismo de prejuicios racionalistas, de prohibiciones de toda índole, de terrores, de ideas recibidas y convencionalismos sólo fundados en el carácter puramente utilitario de la vida social.

Resulta inconcebible, pese a las obras desgarradoras que constantemente testimonian la desesperación del hombre y su rebeldía ante el panorama de frustración que la sociedad le ofrece, anulando en su ser cuanto hay de creador y espontáneo -obras que transmiten de una época a otra ese "llamado de cazadores perdidos entre los grandes bosques"- que aún sea necesario insistir una y otra vez en la unidad indisoluble de la poesía, el amor y la libertad. Esta trilogía ha llegado a constituir el punto central de la especulación surrealista considerada en su sentido más profundo, es decir, como una actividad dirigida hacia el descrédito permanente de todos los mitos sociales, éticos y religiosos, en nombre de los cuales el hombre contemporáneo es dividido en una serie de compartimientos estancos desde cuyo interior sólo alcanza una visión fragmentaria, totalmente mezquina, de la realidad, también dividida en planos irreconciliables: oposición de lo irracional y lo racional, de la vigilia y el sueño, de lo objetivo y lo subjetivo, del sueño y de la acción, etc. Tales antinomias, frutos del racionalismo moderno y mantenidas por intereses del peor orden práctico, deben ser revisadas con la independencia necesaria para conducir de nuevo al hombre hacia la gran síntesis que le devuelva la unidad perdida.

Escribir poemas es un bello ejercicio (en fin, ¿qué son poemas?). Incluso se lo puede practicar sin mayor resplandor de todos los focos de la vanidad y el esteticismo. Vivir la poesía es cosa distinta.

Sólo colocando la vida y la poesía como dos espejos gemelos, cuyas imágenes se crean mutuamente, no tardarán en ponerse al descubierto las imposturas de todo género que constituyen la trama de nuestra cultura.

La poesía es la única fuerza capaz de restituir al hombre su dignidad perdida, y nada tiene que ver con los ejercicios retóricos de aquellos que la invocan, sólo para adulterar con las más bajas especies del conformismo y la adaptación al medio ese alimento sagrado exigido por todo corazón humano y que constituye uno de los pocos motivos válidos de la existencia.

Si la poesía deja de ser una actitud total, una fórmula de cazadores de cabezas confabulados en la peligrosa tarea de recuperar la pureza esencial de la vida, si no encierra en su seno todas las potencias del amor, de la revolución, y no es absolutamente incompatible con cuanto significa servidumbre, domesticidad, conveniencia, arribismo, acaba por verse reducida al simple manipuleo litúrgico de restos fósiles retóricos, a la composición de elegantes sonetos o de cualquiera otra de esas banalidades decorativas elaboradas por el ocio y la cobardía. El disparo que arroja a Kleist al fondo de su alma, el silencio de Rimbaud, la soga de la que pende el cadáver de Nerval -precio de su tentativa para "dirigir el sueño"-, la pureza sobrehumana que desgarra en Van Gogh todas las apariencias de la realidad, la bala que sella la absoluta sed de libertad de Majakowsky, el gas que ilumina la noche eterna de Crevel, los nueve años que pasa Artaud en el hospicio de Rodez, son pruebas demasiado dramátivas de que la aventura poética es una auténtica aventura del conocimiento, y el precio que la sociedad exige a quienes se atreven a poner su acento sólo en las cosas esenciales. Todos esos "horribles trabajadores" han arrojado una luz demasiado viva sobre el significado de su actividad para que todavía podamos engañarnos.

"Después de todo -señala Jacques Henry Levesque en su monografía sobre Jarry- ¿no es natural exigir al poeta la prueba de su sinceridad? Si habla de la vida, de la muerte, de la desesperación, de la rebelión, del amor, de la aventura, ¿no es normal pretender que coloque alguna realidad bajo esas palabras?" Y más adelante: "Hace falta algo más que las palabras, aunque éstas sean las más emocionantes, las más selectas, las más grandiosas del mundo. Considerados desde este ángulo el número de candidatos al papel de gran poeta disminuye. Puede hablarse mucho de vivir, de morir, de amar, de conocer, pero hacer de tales palabras la realidad de su vida es muy diferente".

No es posible concebir de otra manera el fin de la poesía que como un propósito desesperado de cambiar la vida, como lo pedía Rimbaud. Ni con otro sentido que el de franquear los muros que cierran el horizonte. UNA INTENSA ACTIVIDAD POÉTICA PUEDE CAMBIAR LA MENTALIDAD DEL HOMBRE ante los problemas fundamentales de su condición y de la existencia. Entre el concierto de materiales ruinosos de que actualmente lo provee la moral, la estética, la religión, etc., sólo la poesía puede alcanzarle las "armas milagrosas" con qué construir su porvenir.

La auténtica actitud poética no puede dejar de asumir hasta la repugnancia -y el surrealismo es un ejemplo- las condiciones sombrías de nuestra existencia y a negarse a toda conciliación con las mismas, hasta su rechazo absoluto. Sólo una fe desesperada en tal acción nos ofrecerá la única respuesta válida a esa insobornable aspiración humana hacia la verdad y la belleza.

El más serio reproche que puede hacérsele a la poesía argentina en los últimos años -salvo las excepciones de siempre- es su carencia casi completa de ese espíritu de ruptura a que aludimos. La aceptación incondicional de las apariencias sensoriales del universo, sostenida por el lirismo más adocenado, no es el mejor camino para avanzar en el conocimiento del hombre. Están a la vista las consecuencias de tal aceptación: la impotencia aguda de la crítica, la cobardía permanente provocando el confusionismo más bajo y la exaltación de cuanto conduzca, en el plano de la imaginación, el elemento esencial de toda manifestación artística, al avasallamiento más absoluto.

Hoy como nunca es necesario abrir de una vez las esclusas y recuperar el aire de las cavernas de la gran poesía. La poesía habrá de liberarse tarde o temprano para llegar a ser la versión instantánea del pensamiento y del mundo interior más profundo. Entonces quedarán atrás definitivamente el cúmulo de bellos sonetos y la gimnasia respiratoria. Ante todo hay que comenzar por liberar la palabra, demasiado sometida al orden exterior de la razón. Es necesario que la palabra se pliegue a lo maravilloso, a lo imprevisto, como las ropas al cuerpo de Ofelia. Dejarles expresar la vida con el olvido absoluto de cuanto se ha expresado, adocenado, endurecido y momoficado durante siglos de cultura racionalista. Abandonar el juego de rectificaciones y mutilaciones encaminadas a reducir a la horma petrificada de una tradición estética "previa" las materias ardientes que sólo reclaman una espontánea cristalización. Que la poesía tome su forma con la misma radiante velocidad del fuego o del océano. Que devore los materiales vivos de la realidad, profundizada en una nueva síntesis de lo objetivo y lo subjetivo, reposando sólo en el poder incantatorio del lenguaje librado a sí mismo y por primera vez en libertad.

Una línea viva y permanente de la más honda poesía -dijimos- ha apuntado siempre hacia esa meta, desde el gran romanticismo alemán hasta las deslumbrantes experiencias del surrealismo, cuyas conquistas ha llegado el tiempo de capitalizar y de continuar hasta las últimas consecuencias.

Esta revista pretende la difusión de tales conceptos y ponerse en comunicación con todos aquellos que en nuestro medio y fuera de nuestras fronteras están empeñados en una misma empresa de liberación del espíritu. Sólo la poesía puede crear entre los hombres una fraternidad realmente auténtica, esa unión profunda y emocionante sostenida por la esperanza desesperada de un cambio radical de la existencia. No podemos aceptar ni otro destino ni otro consuelo que el de unirnos a ese propósito. Alguna vez llegará el tiempo en que la poesía -recordemos las palabras ardientes de Breton en el primer manifiesto- "decrete el fin del dinero y parta el pan del cielo para la tierra". Cuando todos se unan para crearla. Entonces la vida se abrirá salvaje y pura y el hombre volverá "a poseer la verdad en un alma y un cuerpo".

 

(*) Publicado en A partir de Cero # 1 (Buenos Aires, noviembre de 1952).

   
   

 

 

 


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