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ENRIQUE MOLINA

Un golpe de su dedo
sobre el tambor (*)

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La exasperación con cabeza de rata,   la cólera doméstica, la negación sistemática, la indignación de portería que en ciertos ambientes "intelectuales" provoca la sola presencia de la poesía -irritación más intensa cuanto más auténtica es ésta- nos resulta halagadora en el más alto grado y constituye para nosotros una garantía inapreciable. Es, por un lado, la evidencia de las lastimosas condiciones de un medio intelectual con el cual rechazamos toda complicidad; por otro, la certidumbre de no habernos equivocado de ruta. En efecto, basta un poema de Péret, con su juego elemental de guijarros entrechocados por el mar, para provocar en la atmósfera más aplastante el resplandor del relámpago y poner al descubierto por su misma inocencia todo el complicado aparato de la retórica al uso. "El fin del poema -dice Carrouges- no es el de reunir un museo de expresiones poéticas para que se limiten a admirarlas pasivamente, sino el de poner en circulación explosivos mentales destinados a minar las murallas de la costumbre y de la inercia".

Entre nosotros la poesía se debate entre dos extremos desdichados: el poeta exquisito, "la gran dignidad de la expresión", el "mundo interior" del aburrimiento y "se me pudre el aire", o la vulgaridad versificada hasta sus últimas consecuencias, pedestres, folklóricas, etc. Queda entonces a cargo de los jóvenes abrir el camino de una poesía viva, de espaldas al repugnante juego de conformismos y adulaciones de todo género que se exige de ellos.

Sólo el automatismo puede liberar plenamente, en los planos más profundos de la personalidad, su contenido poético, poniendo en acción las fuerzas ferozmente reprimidas por el peso de una censura retórica que sólo puede conducir a la esterilidad y el resentimiento. Pero tiene que haber quien tome la parte de la sinceridad sin recursos, tiene que haber quien renuncie de antemano al coro de aplausos que premian la sumisión a un sistema de valores destinados a defender los intereses del más bajo conservadorismo. La poesía, por su propia esencia, como el amor, como la libertad, es una energía insobornable y no puede tener otro efecto que el de hacer saltar tales límites y precipitar al ser a su conocimiento total.

Hay, es sabido, una poesía de residuos, que actúa sobre especies secas de recuerdos, emociones, etc. Es la actitud lírica tradicional. Mira siempre atrás. Y hay la poesía aventura del conocimiento, la poesía prospectiva, intuída desde Novalis a Rimbaud: "un golpe de su dedo sobre el tambor descarga todos los sonidos y comienza la nueva armonía". La fuente de tal poesía está en lo profundo del inconsciente y es necesario abandonarse a su ola sin terror. Sólo los versificadores dominicales pueden continuar entre nosotros formando esas enormes bolas de pelo negro recogidas en el fondo de las peluquerías estéticas que algunos habitués a ciertos "muros de la poesía" nos ofrecen orgullosamente como poemas. La actividad poética reclama, en primer término, una especie de abandono salvaje, un cierto grado inalienable de furor. Ni siquiera se trata de la forma como problema, sino de cambiar el rumbo en noventa grados hacia una poesía-oráculo captada en lo más profundo del espíritu.

Bajo la capa superficial del intelecto se encuentran en un punto único los dos conos opuestos del mundo interior y el mundo exterior. De ese punto central brotan las imágenes en las cuales se expresa, con el inconsciente individual y el inconsciente colectivo, la voz ancestral de los mitos, los recuerdos, los deseos, desde la infancia más remota, y aún más, desde la vida prenatal, la esencia más profunda de nuestro ser. Es allí donde se remonta el hilo invisible que une al hombre a su especie y al universo, donde se deposita la más auténtica materia poética. ¿A qué intentar rescatarla penosamente desde el exterior, tratando de reconstruir con míseras probabilidades todo eso que la gran mano secreta que dirige la orquesta ordena de un solo golpe? ¿Por qué perder zonas enteras del viaje o recoger nada más que los restos del naufragio que flotan en la superficie? ¿Por qué no seguir el rumbo de esas grandes corrientes que a todo instante atraviesan el fondo de la conciencia y abandonarnos a su curso?

El artificio supremo de un John Perse o un Eliot -fruto de una sociedad "culta" en el más profundo sentido- y de formas personales que recogen esa larga tradición de una cultura que, por otra parte, aparece en plena crisis, no puede imitarse entre nosotros sin caer en un convencionalismo ridículo. A tal imitación, que necesariamente creará un formalismo falso, hay que oponer la inocencia de un primitivo o el lenguaje mágico con que los niños hallan instantáneamente su expresión con una certidumbre que debiera conmovernos hasta las lágrimas. Para nosotros, cada vez es más indispensable retornar a los mecanismos puros del espíritu e introducirnos en esas cámaras misteriosas donde cristaliza lo imprevisto, en vez de aceptar los burdos misterios de la prestidigitación y sus trucos.

 
(*) Publicado en A partir de Cero # 2 (Buenos Aires, diciembre de 1952).
 
   

 

 

 


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