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JUAN CALZADILLA

Anotaciones para un enfoque transdisciplinario de escritura e imagen visual en la formación de las vanguardias en Venezuela (1)

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Algunos de ustedes pueden sentirse intrigados si les confieso que, para presentarme en este coloquio, yo abrigaba una serie de dudas. En principio, ¿desde qué tipo de actividad puedo hablarles con más propiedad de un tema que como la transdisciplinaridad me concierne y me toca de alguna manera? Un tema del cual quizás un segmento de mi obra puede prestarse a ser tomado, modestia aparte, como un modelo difícil y molestoso? Como no tengo prejuicios que alimentar respecto de una pretendida pureza de los géneros literarios, me permitiré hablar con toda libertad, no sin antes advertirles que una de las cuestiones más arduas que desde joven me intrigaron era tratar de comprender la forma en que se relacionan e integran los métodos y lenguajes empleados por los artistas plásticos y los escritores. En otras palabras, ¿qué había de común entre unos y otros? A veces me pareció que ambos, de lado y lado, se complementaban y que sus funciones no eran por lo menos tan disímiles o extrañas entre sí como parecía. Y me formé con esta idea que contribuyó a tratar de abolir en mí mismo una separación inconveniente entre el personaje que me había inventado y mi verdadero yo. Me llevó mucho tiempo de aprendizaje poner cada cosa en su lugar, pero este esfuerzo me involucró en otro tipo de ilusión que me ha costado erradicar y que consiste en creer que basta practicar una disciplina para considerarse dueño y señor de ella. Finalmente, quiero decir que esa actitud me comprometió amorosamente con la cultura de este país. Y, a despecho de yerros y dificultades, ya no puedo echar para atrás.

Claro que la trandisciplinaridad, en un sentido general, no es un concepto atípico dentro de la enorme galaxia de todas las disciplinas responsables del conocimiento humano. Más bien representa una función propia de los procesos normales y rutinarios que derivan de los necesarios intercambios de información, de las transacciones de lecturas y aprendizajes que interactúan sanamente en todas las ramas del saber, incluidos en éstas, por supuesto, las artes y la literatura. Ese intercambio supone incesantes y mutuos préstamos. Puesto que ninguna disciplina, exceptuando quizás la matemática se presenta, según los entendidos, química y genuinamente en estado puro. Para utilizar un término de la ecología: todas las disciplinas están más o menos contaminadas por la vecindad de un mundo desbordado del que, para colmo de males, se ha demostrado que está regido por el principio del caos.

Pero la transdisciplinaridad, tal como la interpreto, no estriba sólo en la relación dialógica o en las permutaciones que puedan darse entre varias disciplinas, sino que también puede encontrarse en un mismo sujeto, de forma que cabe hablar no sólo de disciplinas transgenéricas, sino de creadores transgenéricos. Y pongo por caso al crítico que al mismo tiempo que emite juicios y reflexiona es capaz de expresarse con el instrumental del artista. Para nadie es un secreto que la poesía ha reclutado los mejores cultores de la crítica y la teoría poéticas entre los poetas mismos. Sin duda que muchos escritores en rol de críticos son capaces de hablar de la obra de sus contemporáneos con igual propiedad con la que examinan sus propias producciones y con frecuencia es a partir de éstas que el artista o el poeta ha desarrollado un saber teórico al que jamás se hubiera podido acceder por otro medio. Mondrian, Van Gogh o Duchamp no son precisamente excepciones de la regla que proclama como irreducible la división de la mente humana en dos parcelas: una en la cual está una zona exclusiva ocupada en la elaboración de juicios e ideas abstractas, y otra que, incompatible con aquélla, apunta a la función imaginativa propia del carácter artístico.

Funciones que actuarían dicotómicamente en orden a las representaciones simbólicas de la realidad y a las creaciones de la mente. Pero sí es cierto que son capacidades diferentes en esencia, ellas no son tan excluyentes una de otra que no puedan mezclarse armoniosamente en un mismo individuo. No hay que confundir el que esas disposiciones existan de modo natural en el hombre con el hecho de que no las desarrollemos debidamente. Y esto último es lo que no hacemos. Toda la revolución conceptual de Marcel Duchamp partió del prejuicio de considerar que, en materia de ideas, el pintor no tiene más olfato que para el olor de la trementina. Pero ¿percibía él toda la carga teórica del pensamiento metafórico en los trabajos de Cézanne o de Monet? André Breton insistió mucho en esta dicotomía odiosa cuando propuso, inspirado en ideas de Freud, un método de escritura fundado en la completa anulación del control mental. Las imágenes -pensaba él- brotan en el momento en que son convocadas por la suspensión inmediata de la actividad mediadora de la conciencia y el flujo de imágenes se desprende del magma inconsciente para abrirse paso a través de ella tal como un caudal de agua. No comprendió, sin embargo, que también había un pensamiento automático de las ideas. Pensaba que la función cerebral dedicada al razonamiento se localizaba en la conciencia mientras la función imaginativa, que se expresa a través de imágenes y metáforas, estaba a cargo del inconsciente. Sin negarle crédito a este hecho comprobado por la obra de visionarios, videntes y poetas en estado de hipnosis, borrachos, drogados o en trance, hay que decir sin embargo que ambos discursos, el de las ideas y el de las imágenes, se complementan y pueden llegar a desarrollarse en un sistema conjunto así logramos que sus procesos se mezclen, y eso es lo que hacemos normalmente cuando escribimos.

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