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ARTURO CUMPLE TREINTA AÑOS DE MUERTO
Harold Alvarado Tenorio |
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Aurelio Arturo [La Unión, Febrero 22 de 1906 - Bogotá, Noviembre 24 de 1974] nació en un pueblito del Estado del Cauca a comienzos del siglo pasado. Allí pasó su niñez durante los años de la dictadura de Rafael Reyes, cerca del imponente cañón del Patía, rodeado de las montañas que vieron asesinar a Sucre, hasta cuando fue enviado a Pasto a estudiar el bachillerato con un grupo de jesuitas que erradicaban, la "ignorancia nativa", mediante la instilación de los más prodigiosos dogmas del catolicismo y las literaturas latina e italiana, en las mentes de los muchachos.
La Unión es todavía un pueblo helado por la bruma que baja del cerro La Jacoba, con una esquina donde resiste, la incuria del tiempo, entre basuras y vendedores ambulantes, la casa donde nació el poeta. Su padre fue maestro de escuela. Su madre, que interpretaba canciones acompañada de un piano que había llegado a lomo de peones de brega, dio a luz siete hijos, y parece que tuvo, entre una legión de negros que servían en la casa, una niñera que luego Arturo recordaría en sus versos. Quizás fue esa mujer, ¿nieta de esclavos?, la que ofreció al poeta un mundo de frescos boscajes, aguas recónditas y vientos con olor de resina de finas maderas, donde encontró alivio ante la crueldad del presente. El pasado como paraíso.
Llegó a caballo, a Bogotá (1925), a mediados de los años veintes, cuando la capital vivía con furor el centralismo administrativo y político, y la doctrina de la prosperidad a debe hacía de las suyas, desplazando la mano de obra de las haciendas hacia la construcción de los ferrocarriles y los enclaves imperiales que explotaban el banano y el petróleo. Un estado de cosas que hizo abandonar las parcelas y fundos a unos cientos cincuenta mil jornaleros en 1928, año de la crisis mundial, y que permitió, al Partido Liberal, hacerse con las banderas del proletariado y llegar de nuevo al poder con Olaya Herrera.
Esos fueron los años de sus estudios de secundaria en el Colegio Mayor del Rosario, de derecho en la Universidad Externado, de la publicación de sus primeros poemas en la revista Universidad , La Crónica Literaria de El País y Lecturas Dominicales de El Tiempo . Y quizás también los del encuentro con Jorge Eliécer Gaitán, a quien lo uniría una entrañable amistad. En La Crónica Literaria , Rafael Maya redactó un elogio hueco y desacertado, que leído hoy, dice más de sus prevenciones para con la poesía del sureño, que de su aparente entusiasmo. Arturo tenía 26 años y ya era el gran poeta de su tiempo. En Lecturas Dominicales de 1934 quedan varios de sus poemas de tono social, celebrando individuos y masas de la nueva clase que surgía en Colombia. Ahora han sido recogidos en la edición realizada por la UNESCO (1). Un trabajo de arqueología literaria impecable, perturbado, en ocasiones, por desquiciadas interpretaciones de sus textos. Uno de esos poemas retrata al Arturo de aquellos tiempos: un poeta interesado en la vida real y los hechos humanos.
Balada de Juan de la Cruz
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe
que partió con cien mozos y una bandera
a cubrirse de gloria bajo el sol.
Y a elevar un grito rebelde contra las balas
aún más alto que el grito de rebelde cañón.
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe,
que vio la tierra buena enloquecer
y beber salvajemente la sangre brava, y vio
caer sus compañeros junto a la cruel bandera,
bajo el cielo incendiado de la revolución.
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe,
dueño de un blanco corcel que victorioso
por campos de sangre y fuego lo llevó,
y en las fiestas del pueblo enloqueció a la mozas,
quizá demasiado altas para sus quince años,
con ritmo en el talle y en los ojos fulgor.
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe,
de quien decían los niños en las tardes del pueblo,
señalando el ocaso que es como confusión
de banderas heroicas: por allá con cien mozos,
Juan de la Cruz, el héroe, partió.
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe,
que perdió su alegría y que era también
un fruto de su tierra que bendijo el Señor.
Yo soy Juan de la Cruz, en cuyo honor el pueblo,
en medio de la plaza, sólo un roble plantó.
Arturo es, en la apariencia, un poeta que rechaza la realidad pues sus melodías son mejor recordadas que sus asuntos. Pero no hay tal. Si hay un poeta colombiano que celebre el trabajo como forma de felicidad, ese tiene que ser Arturo. En sus poemas aparecen los nombres de hombres ciertos, de trabajadores, de bogas, de cortadores de árboles. Es verdad que buena parte de sus catorce poemas se refugian en la infancia como la morada feliz del hombre, pero el resto celebra y evoca la vida laboriosa de los hombres en tierras de nadie, entre el silencio, el amor, la soledad, los veranos, el viento, las noches, las sequías, las palabras, las lluvias, los tambores y los sueños. Una poesía que no existía en las tradiciones ni colombianas ni de la misma lengua. Con una sintaxis que debe mas a su propia voz, que a Perse o Cernuda, como ha anotado cierta crítica.
La música y los asuntos de los poemas de Arturo hicieron que los jefes de las banderías poético-políticas de entonces vieran en él al rival por excelencia. Arturo debió sentir la derrota en esos años de auge del más torvo y perverso clientelismo poético, cuando ante los avances sociales de los gobiernos liberales, los piedracielistas (2) se dedicaron a celebrar la molicie española, la belleza de las popayanejas, o consumían los días a la búsqueda de una rica heredera con quien casarse y salir de la miseria y el anonimato, como pensaban era la suerte que había corrido Neruda con Delia del Carril.
Arturo, que vivía en carne propia las afugias de ser empleado público -(en 1959 siendo ministro del trabajo Otto Morales Benítez tuvo que cesar en su cargo de secretario del ramo por ser tan liberal como el titular)-, que tenía cinco hijos, y no estaba dispuesto a vender su alma al diablo, prefirió quedarse en casa y no asistió más a cócteles ni recitales. Solo en 1963 volvió su obra a recibir cierta atención al obtener un Premio Nacional de Poesía, pero ni el premio, ni la crónica que hizo Hernando Téllez, ni el ensayo del joven Eduardo Camacho Guizado, hicieron populares sus versos.
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AURELIO ARTURO COMPLETA
30 ANOS DE SUA MORTE
Harold Alvarado Tenório
(tradução: Floriano Martins)
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Aurelio Arturo (La Unión, 22 de fevereiro de 1906 - Bogotá, 24 de novembro de 1974) nasceu em um povoado do Estado de Cauca a princípios do século passado. Ali passou sua infância durante os anos da ditadura de Rafael Reyes, próximo do imponente canhão do Patía, rodeado pelas montanhas que viram assassinar Sucre, até que tenha sido enviado a Pasto para estudar o bacharelato com um grupo de jesuítas que erradicavam a "ignorância nativa" mediante a instilação. Nas mentes dos rapazes, dos mais prodigiosos dogmas do catolicismo e das literaturas latina e italiana.
La Unión é ainda um povoado gelado pela névoa que desce da colina La Jacoba, com uma esquina onde resiste, a incúria do tempo, entre imundícies e vendedores ambulantes, a casa onde nasceu o poeta. Seu pai foi professor colegial. Sua mãe, que interpretava canções acompanhada de um piano que havia chegado em lombo de camponeses, deu à luz sete filhos e parece que teve, entre uma legião de negros que serviam na casa, uma babá que depois Arturo recordaria em seus versos. Acaso terá sido essa mulher - neta de escravos? - quem ofereceu ao poeta um mundo de frescos bosques, águas recônditas e ventos com cheiro de resina de finas madeiras, onde encontrou alívio ante a crueldade do presente. O passado como paraíso.
Em Bogotá chegou a cavalo em 1925, ali por volta dos anos 20, quando a capital vivia com furor o centralismo administrativo e político, e a doutrina da prosperidade a débito fazia das suas, deslocando a mão-de-obra das fazendas para a construção das estradas de ferro e dos enclaves imperiais que exploravam a banana e o petróleo. Um estado de coisa que fez com que abandonasse as parcelas e fundos uns cento e cinqüenta mil operários em 1928, ano da crise mundial, e que permitiu ao Partido Liberal erguer-se com as bandeiras do proletariado e chegar novamente ao poder com Olaya Herrera.
Estes foram os anos de seus estudos de secundário no Colégio Mayor Del Rosário, de direito na Universidade Externado, da publicação de seus primeiros poemas na revista Universidad , em La Crónica Literaria de El País e Lecturas Dominicales de El Tiempo . E talvez também os anos do encontro com Jorge Eliécer Gaitán, a quem o uniria uma entranhável amizade. Em Crónica Literaria , Rafael Maya redigiu um elogio seco e desacertado, que lido hoje revela mais suas prevenções em relação à poesia de Arturo do que seu aparente entusiasmo. Arturo tinha 26 anos e já era o grande poeta de seu tempo. Em Lecturas Dominicales de 1934 encontram-se vários de seus poemas de tom social, celebrando indivíduos e massas da nova classe que surgia na Colômbia. Agora estão sendo recolhidos na edição realizada pela UNESCO (3). Um trabalho de arqueologia literária impecável, perturbado, em ocasiões, por desconcertadas interpretações de seus textos. Um desses poemas retrata o Arturo daqueles tempos: um poeta interessado na vida real e nos fatos humanos.
BALADA DE JUAN DE LA CRUZ
Eu sou Juan de la Cruz, chamado o herói,
que partiu com cem jovens e uma bandeira
para cobrir-se de glória sob o sol.
E para erguer um grito rebelde contra as balas
ainda mais alto que o grito do rebelde canhão.
Eu sou Juan de la Cruz, chamado o herói,
que viu a terra boa enlouquecer
e beber selvagemente o sangue bravio, e viu
cair seus companheiros junto à cruel bandeira,
sob o céu incendiado da revolução.
Eu sou Juan de la Cruz, chamado o herói,
dono de um branco corcel que vitorioso
por campos de sangue e fogo o levou,
apontando o ocaso que é como confusão
de bandeiras heróicas: por ali com cem jovens,
Juan de la Cruz, o herói, partiu.
Eu sou Juan de la Cruz, chamado o herói,
que perdeu sua alegria e que era também
um fruto de sua terra que bendisse o Senhor.
Eu sou Juan de la Cruz, em cuja honra o povo,
No meio da praça, apenas um carvalho plantou.
Arturo é, na aparência, um poeta que rejeita a realidade, pois suas melodias são melhor recordadas que seus assuntos. Porém não se trata disto. Se há um poeta colombiano que celebre o trabalho como forma de felicidade, esse tem que ser Arturo. Em seus poemas aparecem os nomes de homens certos, trabalhadores, canoeiros, cortadores de árvores. É verdade que boa parte de seus 14 poemas se refugiam na infância como a morada feliz do homem, porém o resto celebra e evoca a vida laboriosa dos homens em terras de ninguém, entre o silêncio, o amor, a solidão, os verões, o vento, as noites, as estiagens, as palavras, as chuvas, os tambores e os sonhos. Uma poesia que não existia nas tradições nem colombianas nem da própria língua. Com uma sintaxe que deve mais à sua própria voz do que a Perse ou Cernuda, como tem anotado certa crítica.
A música e os assuntos dos poemas de Arturo fizeram com que os chefes das bandeiras poéticas e políticas de então vissem nele um rival por excelência. Arturo deve ter sentido a derrota nesses anos de auge do mais turvo e perverso clientelismo poético, quando ante os avanços sociais dos governos liberais, os piedracelistas (4) se dedicaram a celebrar a moleza espanhola, a beleza das mulheres nascidas em Popayán, ou consumiam os dias à procura de uma herdeira rica com quem se casar e sair da miséria e do anonimato, como pensavam que era a sorte que havia tido Neruda com Delia del Carril.
Arturo, que vivia na própria carne as agruras de ser funcionário público - em 1959, sendo ministro do trabalho Otto Morales Benítez, teve que deixar seu cargo de secretário do ramo por ser tão liberal quanto o titular -, que tinha cinco filhos, e não estava disposto a vender sua alma ao diabo, preferiu ficar em casa e não freqüentou mais coquetéis ou recitais. Somente em 1963 sua obra voltou a receber certa atenção, ao obter um Prêmio Nacional de Poesia, porém nem o prêmio, nem a crônica que lhe dedicou Hernando Téllez, nem o ensaio do jovem Eduardo Camanho Guizado, tornaram populares seus versos.
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(1) Obra poética de Aurelio Arturo, colección archivos de la UNESCO, edición crítica coordinada por Rafael Humberto Moreno Durán, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2004.
(2) Los piedracielistas son un grupo de poetas colombianos que tomaron su nombre de un libro de Juan Ramón Jiménez titulado Piedra y cielo. Son poetas que ejercieron su magisterio a partir de los años cincuentas. Aurelio Arturo fue opacado por el brillo oficial de esos poetas, en particular por Eduardo Carranza, el jefe del grupo, militante del fascismo español y colombiano.
(3) Obra poética de Aurelio Arturo, coleção Archivos da UNESCO, edição crítica coordenada por Rafael Humberto Moreno Durán, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2004.
(4) Os piedracielistas são um grupo de poetas colombianos que tomaram seu nome de um livro de Juan Ramón Jiménez intitulado Piedra y cielo . São poetas que exerceram seu magistério a partir dos anos 50. Aurelio Arturo foi obscurecido pelo brilho oficial desses poetas, em particular por Eduardo Carranza, o chefe do grupo, militante do fascismo espanhol e colombiano. |
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