Carina Sedevich selecciona poemas de su autoría

CARINA SEDEVICH
Poemário

Carina Sedevich selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista de Rolando Revagliatti


Oración para la piedra de la mesa

Piedra de la mesa
con salteadas estrellas
de mica de los ríos
bajo el sol:
consuélame.

Θ

Piedra de la mesa
que mi alma
repasa
como frente a un espejo:
¿hay consuelo?

Θ

Piedra de la mesa
más pacífica
que el río y que los árboles:
acógeme.

Θ

Piedra turbia
sobre la que escribo una palabra
sin sujetarme, aún,
a tu silencio.

Θ

Piedra dulce
en la que se fijan
las piedras de mis ojos
como anclas.

Θ

El viento se mueve.
Mi corazón se mueve
pero ansía ser como la piedra
constelada
que sostiene mis brazos
mientras mis brazos
sostienen mi frente.

Θ

Piedra de la mesa
perfumada en verano
por partículas de sal.
Demasiado dura
para estar con otros.
Demasiado vieja
para no callar.

Θ

Piedra de la mesa
dulce como un muerto:
hace mucho tiempo
no miro mis manos.

Θ

Piedra de la mesa:
olvida mis palabras.
Seres amados:
olviden mis palabras.
Campanas de la catedral:
escriban
sobre mis palabras.
Caireles de la florería:
eleven sus palabras
por mi niña.

—Pájaros:
busquen el agua.
Es domingo.—

 

(de “Lavar a la madre”)

El maestro de tai chi (fragmento)

1

Dice el maestro
que si dispongo el corazón
para transcurrir cada jornada
como si el cuerpo ya estuviese muerto
podré concebir la libertad.

Θ

Regreso a casa.
Atiendo mi frágil organismo.
Lo nutro
con vegetales poderosos.
Por más que ya no río
y ya no lloro
procuro, a diario,
estirar mis músculos.

Θ

Es acuciante
elegir entre vivir o morir,
dice el maestro.

Θ

Pero es verano.

Tremolan, invisibles,
las cigarras.
Una vez encontré una
entre la arena.
No parecía
dispuesta a morir
aquella tarde.

Θ

Dice el maestro:
una cigarra
puede vibrar intensamente
hasta morir.

 

2

Tarde de enero.
Enjuago mi ropa y mi vajilla.
El agua viene tibia.
Es un mal día.
Hace diez años
perdimos un bebé.

Θ

—Si cocino cebolla
mis fluidos son dulces
y mi piel se vuelve
más sedosa.—

Θ

Hay sitios donde guardan una piedra
por cada ser perdido. Una piedra
por alguien no nacido
es demasiado sólida, quizás.
Podría procurarme una ligera,
que hubiera sido alisada por el agua.

Θ

—Con un ancho cuchillo cebollero
rebano mi repollo colorado.
Abro sus fibras blancas y violetas.
Cuando las mojo el agua se azuleja.
Cae la tarde. Lenta. Encapotada.—

Θ

Así escribió el guerrero apuñalado:
si no supiera que me encuentro muerto
lamentaría perder la vida hoy.

3

Somos menores que una piedra.
De ahí que elijamos una piedra
para señalar las sepulturas.

Θ

—Sobre la hierba seca corre mejor el viento.
Sobre las grandes extensiones de hielo
es sólido el silencio.
Sobre la piedra
reverbera el sol de la estación
y guarda el frío
el paraje umbrío
en su interior.—

Θ

En medio de una gran catástrofe
la complexión del tiempo
se revela.
Provisoria, siempre,
hasta el final.

—¿Es distinta la vida cualquiera
a la de un prisionero de batalla?—

(de “Cuadernos de Lolog”)

La eufórica luz de los membrillos

1

Alcancé tu mano por primera vez
como una niña
tocaría un membrillo entre las ramas.
Cítrica, cruda,
era la ofrenda de tu mano muda.

2

Porque esa noche pude tocar tu mano
hoy que vuelve la escarcha
yo me amparo
en la eufórica luz de los membrillos.

3

Quiero abrazar un arpa y que sus cuerdas
dejen caer las voces de los pájaros
que merodean el árbol de membrillos.

4

—Y si un membrillo por azar se cae
podré mirarlo como miré tu mano:
aquella dulce materia sobrehumana.—

5

Existe una manera limpia
en cada gesto de tus manos finas.
Miro con pena como el aire oxida
la carne dura del membrillo roto.

6

Tarde de octubre. Fascinada
—bajo el lapacho que arrasó el granizo—
en una oración por el membrillo
repito el fragor del amarillo.

Θ

En una película oriental
los muertos eligen un recuerdo
para vivir en él como un insecto
inmóvil en un ápice de ámbar.

Buscan momentos sin exaltaciones
en los que no pudieron vislumbrar
resabios de pasado o porvenir.

Al fin,
prefieren recordarse solos.

 

(de “Un cardo ruso”)

Unas láminas de sarro se desprenden
y golpean las paredes de mi jarra.

Pienso en brillantes filamentos de mica
ocultos en la arena de los ríos.

Pienso en las mangas mojadas
que los poetas chinos
prefieren nombrar para no hablar
de sus lágrimas.

Θ

 

El olvido es un fruto que requiere trabajo.

Casi siempre tardío, pero rara vez dulce.
No es uva ni es la parra donde pende el racimo.

No es como la sombra que daría la parra
ni como sus raíces contraídas y bruscas.

Se parece a la piedra del cantero y la fuente
que apisona la parra, que la ordena y la ciñe.

Θ

Hay que hacer saltar el olvido de un golpe
como a una piedra caliza en la cantera.

Que se entibie en la mano que quiera tallarla.
Sea opaca a los ojos. Sea venérea y ajena.

Θ

Una piedra tan blanca es casi como un niño.
Casi un sacramento para mí.

Inclino mis huesos como panes ácimos
sobre cunas que guardan el amor ajeno.

Qué fue de la ternura que pude sentir.
La siento en la garganta bajar como una hostia.

(de “Gibraltar”)

Θ